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«Rusia recluta a jóvenes dentro de la Unión Europea: no muy inteligentes, pero muy motivados, para sus asuntos turbios»

Los activistas rusos no siempre están seguros, incluso después de emigrar. La persecución puede continuar fuera de Rusia, incluso a manos de grupos informales que actúan según la lógica de la propaganda rusa. Esto es lo que vivió en Lituania la educadora sexual y activista LGBTQ+ Sasha Kazantseva: en el verano del año pasado, comenzó a recibir amenazas y personas vinculadas a un grupo homofóbico que acosa a adolescentes y activistas queer llegaron hasta su casa. Desde entonces, Kazantseva busca una respuesta de las autoridades lituanas para que estos casos no queden impunes. En una entrevista con «Most», Sasha Kazantseva cuenta cómo funciona esta presión, por qué no es un caso aislado y qué les ocurre a las personas queer de Rusia, tanto dentro del país como en el extranjero.

Sasha Kazantseva. Foto: Most.Media

- Cuéntanos, ¿cómo va tu caso de acoso? Ya has hablado con varios medios, has dado varias entrevistas sobre el tema. ¿La visibilidad ha ayudado en algo?

- Creo que sí. Recibí tres negativas de la policía para abrir una causa, a pesar de decenas de amenazas y de la publicación de mi dirección. Los acosadores vinieron a mi casa con la intención de matarme, según ellos mismos dijeron. Pero durante ocho meses la policía no abrió ningún caso, solo enviaba negativas una tras otra.

Lo mejor ahora es que, gracias a la visibilidad, la fiscalía dio una orden a la policía para iniciar una investigación. Y eso ya es un logro. Hablé con defensores de derechos humanos lituanos y me dijeron que estos casos de amenazas en Lituania suelen investigarse muy mal, así que la orden en sí ya es un gran avance y resultado del trabajo realizado. Me cuesta valorar porque es mi primera experiencia de este tipo en Lituania, pero me dijeron que la campaña mediática estuvo muy bien hecha. Además, figuras públicas empezaron a contactarme y ofrecerme ayuda. Incluso logré contactar con la ONU: ellos mismos me escribieron.

- ¿Por qué crees que aquí se investigan tan mal los casos de amenazas? ¿No tienen experiencia, no hay casos de persecución a personas LGBT?

- Aún no conozco todos los matices del sistema legal en Lituania y solo puedo compartir algunos puntos que me comentaron defensores de derechos humanos.

Lo primero que sé y he escuchado muchas veces: los casos de amenazas se investigan muy mal, es muy difícil lograr algo. Por ejemplo, salió un reportaje grande sobre mi caso en «15min.lt». La periodista que me contactó para hacer el reportaje también recibió amenazas: la amenazaron como periodista, amenazaron a sus hijos menores, y la policía no hizo nada. Aunque, por supuesto, recibió el apoyo de sus colegas. Y con mucho esfuerzo lograron, por lo que entendí también gracias a la visibilidad mediática, que al menos reconocieran que amenazar a menores no es normal y que hay que hacer algo. Esa es la primera historia.

La segunda es que en mi caso también está la calificación de delito de odio, es decir, me persiguen por ser persona LGBTQ+, por ser activista. Y, por lo que entendí, en Lituania no hay una práctica establecida para investigar estos delitos: es algo que aún está por desarrollarse.

Y es triste, porque muchas personas LGBTQ+ locales enfrentan amenazas, acoso, todo tipo de ataques y estrés, y la policía, nuevamente, no tiene experiencia con estos casos. Además, cualquier sistema tiende a actuar según protocolos habituales, en modo de ahorro de energía.

Por lo que he escuchado, en Lituania no hay muchos recursos policiales y los cuidan. Pero no sé todos los detalles. Además, mi historia es… poco popular: soy migrante y persona LGBT. Y eso no es algo que necesariamente genere simpatía, incluso entre los policías, o al menos eso me han dicho.

- En tus historias decías que podrías ayudar a personas que también enfrenten estos problemas en Lituania. ¿Alguien ya te ha contactado, se ha quejado de algo similar?

- Voy a responder desde otro ángulo. Los últimos ocho meses he estado viviendo esta historia y, en algunos periodos, literalmente sin descanso, porque consume varias horas al día, a veces todo un día laboral.

Al principio fue algo nuevo para mí: nunca había estado en una situación donde tuviera que lidiar con cuestiones legales en otro país, donde no me manejo tan bien, buscar contactos que no tengo.

Mi trabajo es hacer investigaciones activistas independientes, crear contenido, textos, videos. Y pensé: bueno, ya que estoy metida en este «lore», puedo —digo en broma— «sacar contenido» de esto. Pero si lo digo en serio, al sumergirme en este tema, cada vez veo más que es un problema sistémico.

Me he visto obligada a aprender más sobre cómo actúan los grupos prorrusos dentro de la UE, porque necesito referirme a eso en conversaciones con medios y defensores de derechos humanos.

Y creo que en estos ocho meses ya he adquirido cierta experiencia única de campaña por los derechos humanos en Lituania, incluso en este caso específico de la comunidad LGBTQ+. Y si algo sale bien, puede convertirse en un precedente útil para otros abogados y defensores. Y como soy de las que, cuando aprende algo nuevo, quiere compartirlo, y en este tema lo he aprendido a la fuerza, sí, intentaré hacer algo.

- ¿Alguien ya te ha contado sus historias sobre ataques del grupo homofóbico de Telegram «Imperio del Sanador»?

- Sé que mucha gente en Rusia ha sufrido por este grupo, y la mayoría de sus miembros está allí. Atacan activamente a escolares y adolescentes: los acosan, los sacan del clóset a la fuerza, les obligan a borrar sus redes sociales. No sé de agresiones físicas, pero sé que hay defensores que, gracias a esta historia, han empezado a investigar a este grupo y quizá consigan algo.

El problema es que este grupo no es el único. Y que el número de estos grupos en Rusia está creciendo. Recuerda un poco a los inicios de los 2000, cuando el Estado parecía complementar su aparato represivo con estos «activistas», sin estorbarles e incluso alentándolos. Defensores opinan que estos grupos, en mayor o menor medida, están «fichados» por el FSB. No necesariamente tienen un supervisor directo del FSB, pero el FSB al menos está al tanto de sus actividades. Y, al parecer, de este grupo también: ellos mismos afirman que las fuerzas de seguridad rusas los apoyan.

Y si el número de estos grupos crece en Rusia, es lógico suponer que en Europa también aumentarán. Ya vemos la tendencia de que Rusia recluta a jóvenes dentro de la UE, no muy inteligentes pero muy motivados, para sus asuntos turbios. Y Rusia seguirá metiéndose en la UE, en los países bálticos: no hay motivos para esperar lo contrario. Por lo tanto, habrá más de estos chicos, y es importante estar preparados para enfrentarlo.

Al principio mi caso parecía aislado. Pero ahora veo que es una historia mucho más amplia. Si no vienen estos, vendrán otros.

- ¿Qué se ha logrado averiguar sobre este grupo de acosadores?

- Se conocen los nombres de los líderes. Uno es Maxim Suleymanov, hijo de un rico empresario de Moscú, al que llamó una periodista del canal «Dozhd». Él decía cosas como: «vivo en una urbanización de lujo junto a la élite del gobierno ruso, no pueden hacerme nada». Su padre trabaja con contratos estatales. Tras la emisión del reportaje en «Dozhd», Maxim escribió que se iba a la «operación militar especial». Tal vez porque su padre habló con él. Pero después siguió escribiéndome, no sé si desde una trinchera o no.

- Entonces él mismo vive en Rusia, no en Lituania?

- Sí, Maxim Suleymanov está en Moscú. Y en Lituania vive Bronislav Minderis, el segundo líder del grupo, que escribió que él organizó la visita a mi casa. Tras el reportaje en «Dozhd», donde se decía que Maxim supuestamente se iba a la «operación militar», él mismo, Maxim, escribió que pasaba el mando a Bronislav y que ahora él era el jefe.

¿Quiénes son? Por lo que se ve al hablar con ellos, como suele pasar, son jóvenes no muy inteligentes. Maxim tiene unos 25 años, Bronislav unos 20. Tienen fuerza, mucha agresividad, ganas de descargar energía, pero no muchas luces.

No es una historia nueva: el Estado ruso usa a estos chicos motivados para resolver sus asuntos sin involucrar a los organismos oficiales.

- ¿Se puede considerar tu caso como una especie de «prueba piloto» para una práctica más amplia de presión a activistas fuera de Rusia?

- También lo he visto así: estos acosadores, en su comunicación conmigo, insistían todo el tiempo en que soy «propagandista», «terrorista», «extremista», decían que soy una criminal en Rusia. Pero no parecen comprender que no estoy en Rusia y que las leyes rusas no aplican dentro de la UE.

Una periodista de 15min.lt habló (enlace sin paywall) con Bronislav Minderis, que está en Kaunas. Y ella contaba que él no entiende que no se puede perseguirme según las leyes rusas dentro de la UE, mucho menos con cargos políticos.

Si el caso «funcionaba» —y me escribieron «si estuvieras en casa, te mataríamos»— ¿podría haber sido una especie de prueba? Ahora no vemos persecución masiva de activistas dentro de la UE, pero no se puede descartar ese riesgo, viendo el contexto.

Esa es la primera versión. La segunda es que este grupo, por iniciativa propia, empezó a acosarme, sobre todo online. En su canal escribía alguien que decía ser supervisor de las fuerzas de seguridad. Decía que actuaban según las leyes de la Federación Rusa, que estaban «limpios» ante la ley rusa.

Puede que empezaran por su cuenta a acosarme. Y si realmente tienen supervisores, estos podrían haber tomado el relevo y usarlo como práctica. Porque si una vez funciona, si ven que la policía no reacciona activamente, puede funcionar una segunda vez.

Y en ese sentido, creo que es muy importante hablar alto sobre estas situaciones. Porque sí, estoy viva, pero si esta vez la policía no hace nada, estos grupos y quienes los respaldan reciben la señal de que pueden ir a por otros. Y avanzar más: primero medio paso, luego otro. Después ya pueden entrar en casas, y quizá hasta apuñalar a alguien.

Quiero que estos grupos y los servicios rusos no sientan que, por ejemplo, en Lituania, esto es muy fácil de hacer.

- ¿Sabes si la policía se ha reunido con Bronislav Minderis, si ya lo han interrogado por tu caso?

- No, no ha pasado nada, ese es el problema.

Los periodistas prácticamente hicieron el trabajo de la policía: identificaron nombres, direcciones, todo sobre Bronislav, incluso dónde vive. Y en ocho meses la policía no ha hecho nada.

Al menos podrían haberlo citado para interrogarlo, al menos dejar claro que eso no se puede hacer, simplemente mostrar interés. Incluso sin abrir un caso, podrían haber ido a su casa y decirle: hay quejas contra ti. Al menos a nivel de policía de barrio.

- ¿Después de que se hizo público el caso, dejaron de amenazarte, te dejaron en paz?

- No, no me dejaron en paz. Para mí es otra muestra de su fanatismo: siguen. Atacan mis redes, envían bots a todas mis cuentas. Maxim Suleymanov, después del reportaje en «Dozhd», me escribió: «crees que eres tan genial, pero no nos vas a detener».

Bronislav siempre aparece en los comentarios, deja decenas de mensajes tontos. Al principio lo bloqueaba, luego dejé de hacerlo. Él mismo escribió que tiene cientos de cuentas compradas. Además, los abogados me aconsejaron no bloquear: es prueba, que siga escribiendo.

Y para mí es un indicador de lo impunes que se sienten, de que no ven límites. Bronislav lleva ocho meses diciendo que la policía no le hará nada, que está totalmente protegido por las leyes lituanas. Ok, quizá los activistas rusos no sean los habitantes más importantes de Lituania. Pero en algún momento podría empezar a atacar a ciudadanos lituanos. Por ejemplo, escribió que vio a unas mujeres, una con camiseta arcoíris, y quiso atacarlas, solo que había gente alrededor. Es decir, si una persona escribe que sueña con ir a la «operación militar», que mató a gays, que quiere sangre, no estaría mal que al menos la policía fuera a hablar con él. Tenemos cientos de capturas de lo que ha escrito Bronislav. Y es absurdo que la policía no haga nada. Incluso cuando escribe cosas como «quiero que caigan misiles sobre Europa», «he filtrado contactos de bases militares lituanas».

- ¿Sientes apoyo aquí, en el exilio? ¿De amigos, colegas, alguien más?

- Supongo que en general he tenido suerte porque siento apoyo. Tengo una audiencia, así que siento que no estoy sola: puedo decir algo y la gente responde.

Pero he pensado mucho en el sistema de ayuda, porque resulta que no es tan fácil obtenerla. Incluso de organizaciones rusas en el exilio.

Es decir, si alguien empieza a acosarte y amenazarte, no significa que te den toda la ayuda posible de inmediato, incluso si tienes cierta presencia mediática. No funciona así, igual fue difícil. Pero intento centrarme en quienes me apoyaron, no en quienes me dieron la espalda. Y sí, hay mucho apoyo.

Periodistas respondieron, estoy muy agradecida a las periodistas de «Dozhd», «Glasnaya», «15min.lt», a los defensores de derechos humanos. Muchos ayudaron, escribieron cartas a políticos.

Así que apoyo hay. Pero quizá, por ahora, es más bien puntual. Es decir, no siento que el sistema en Lituania crea que esto no debe pasar. Creo que hay cosas que deberían hacerse, porque todos deberían estar interesados en que esto no suceda.

Entiendo que a un nivel es mi caso particular, pero a otro puede convertirse en algo habitual en unos años, cuando la gente reciba amenazas y esto sea un método de intimidación.

- La situación parece terrible y absurda: las autoridades rusas aprobaron leyes represivas contra las personas LGBT, unas se vieron obligadas a irse, otras fueron intimidadas y silenciadas. Pero incluso a quienes se fueron los siguen acosando. ¿Qué crees que buscan?

- Creo que no es solo una historia LGBT, porque mi caso es también muy político. Me persiguen también como activista política, lo siento mucho. Sobre mí escriben blogueros progubernamentales, gente rara aparece en los comentarios. Y no creo que sea solo por trabajar con el tema LGBTQ+. Porque hay blogueros LGBT rusos mucho más populares que se han ido y no hacen activismo político, y a ellos no les pasa esto. Creo que al poder ruso le interesa neutralizar a quienes se destacan políticamente. Los bloqueos interminables de internet también van de eso: evitar la influencia desde el otro lado de la frontera.

- ¿Personas LGBT conocidas han reaccionado de alguna manera a tu historia? ¿Han intentado apoyarte?

- ¿Por ejemplo quién?

- Por ejemplo, digamos, Mijaíl Zygar, Karen Shainyan.

- No, no lo han hecho. Mijaíl Zygar me siguió en Instagram en algún momento. Y ya está. ¿Y quién más tenemos de personas LGBT públicas?

- ¿Abiertamente? Antón Krasovsky. Bueno, en serio. Zemfira.

- Bueno, no, ella no es abiertamente. En realidad, no tenemos muchas personas LGBT públicas que sean mediáticas, abiertas y además políticamente activas.

- ¿Se puede hablar de solidaridad entre personas LGBT rusas?

- En general, siento una solidaridad muy fuerte con la comunidad queer. Incluso me he dado cuenta de que nunca sentí una conexión especial con la «patria», y me cuesta entender cómo funciona eso. Aunque nunca pensé en irme, planeaba vivir y trabajar en Rusia, pero dentro de la comunidad LGBTQ+. Y esa comunidad para mí es, en cierto modo, mi «patria». Me siento en casa con personas LGBTQ+ de muchos países.

Obviamente hablo en general, no existe una sola comunidad LGBTQ+, hay subcomunidades. Pero creo que muchas personas LGBTQ+ tienen al menos alguna experiencia de ese sentimiento de meta-comunidad, aunque sea ocasional. En mi caso es bastante constante.

Veo que muchas personas LGBTQ+, que están en un campo mediático más o menos común, sin importar el país, pueden hablar de los mismos temas, compartir valores y entenderse.

Sobre la gente de Rusia, me cuesta juzgar. Hablo con personas de varios países, y los rusos no son mayoría. Están, pero no más que otros.

Intento mantenerme al tanto de cómo se siente la comunidad dentro de Rusia, pero no puedo saberlo completamente, solo de forma fragmentaria. Así que sobre la situación dentro de Rusia no soy la fuente más competente. Pero me gustaría mucho encontrar formas de ser útil para las personas queer dentro de Rusia.

- ¿Crees que las figuras públicas, que pueden pertenecer a la comunidad queer perseguida, tienen una responsabilidad moral de pronunciarse? ¿Y qué tan importante es ese apoyo, puede realmente ayudar a quienes sufren presión? Por ejemplo, Zemfira nunca ha dicho «estoy con ustedes». Y para muchos sería valioso oírlo.

- Si me hubieran hecho esta pregunta antes de febrero de 2022 —sobre el salir del clóset o el apoyo a personas LGBTQ+, incluso usando el ejemplo de Zemfira— habría dicho que es importante tener en cuenta las circunstancias: cómo se ha socializado la persona, en qué entorno vive, qué riesgos tiene.

Puedo tener otra posición, pero entiendo que no puedo imaginarme en la situación de otra persona, de otra mujer. Y, como se dice, gracias a quienes han contribuido a que yo pueda ser abierta y ver valor en ello. A veces, figuras públicas cerradas también sirven de ejemplo al revés: los ves y piensas, yo no quiero eso, quiero ser abierta.

Pero desde 2022, para mí y para muchos, todo se ha vuelto más urgente. Ya no hablamos de salir del clóset, sino de palabras de apoyo. Y no es solo una cuestión para Zemfira, sino para muchas figuras públicas.

Los crímenes del gobierno ruso contra las personas LGBTQ+ y la guerra en Ucrania están directamente relacionados. Desde 2014, Rusia empezó a perder aliados en Occidente y necesitó nuevos. En respuesta, comenzaron a promover activamente los «valores tradicionales» como ideología estatal.

¿Cómo funciona? A través del miedo: que «vendrán los gays y cambiarán el sexo de tus hijos». Los niños son un gran desencadenante de pánico moral. Sobre eso, en parte, se construye la ideología que Rusia exporta a posibles aliados.

Así que existe el «Occidente pervertido» y «nosotros con nuestros valores tradicionales». Es curioso que, cuando esta propaganda llega a países africanos, por ejemplo, se usa la retórica de la descolonización: Occidente los colonizó y sigue haciéndolo, y nosotros los protegemos de esos «horribles valores occidentales», incluyendo a los LGBTQ+.

- ¿Un producto de exportación?

- Más o menos como Rusia exporta petróleo. Es un recurso en otro nivel, pero también se vende bien y ayuda a ganar aliados.

La idea misma de que una persona no tiene derecho a ser diferente, que alguien puede saber cómo es «correcto» ser, es muy fascista. Y de ahí surge toda la agresión rusa en distintos niveles. Esa idea se amplía y proyecta en diferentes áreas de la realidad. Y desde ese punto de vista, creo que es muy importante hablar de qué y por qué hace el gobierno ruso con las personas LGBTQ+.

Desde 2022, en Rusia se han aprobado tres leyes anti-LGBTQ+. Una de ellas privó de hecho al 1% de la población del acceso a atención médica básica. Es una ley anti-trans totalmente genocida. Incluso el Ministerio de Salud se opuso, pero los silenciaron. Otra ley, aparentemente desproporcionada al «problema», es la declaración del movimiento LGBTQ+ como «extremista».

- ¿Por qué crees que las figuras públicas rusas, estrellas del periodismo, del espectáculo, del cine, de la política, prestan tan poca atención a este tema? Incluso quienes ya están fuera de Rusia.

- He escuchado de muchos periodistas y youtubers que es un tema impopular, da miedo tratarlo: habrá polémicas, perderán seguidores. Y lo entiendo, incluso con mis modestos blogs. Cuando trato temas que generan odio, pienso: «bueno, allá vamos». Requiere energía, y cuando ya estás bajo presión, puede que no te quede para dar un paso más.

Pero, por otro lado, ya trabajamos en una zona de conflicto donde nos van a atacar. La cuestión es por qué estamos dispuestos a luchar. Si creemos que este tema es importante. Creo que ahora falta comprensión —y quiero trabajar en eso— de que esto nos afecta a todos.

No solo porque «primero vinieron por otros». Sino porque la experiencia de ser queer, en cierto sentido, la tiene todo el mundo: ninguno de nosotros es «una persona perfectamente correcta» para el Estado y la sociedad desde todos los ángulos. Todos tenemos la experiencia de sentirnos diferentes y sentirnos incómodos por eso. Y el miedo de que puedan castigarnos por ello.

Eso acumula tensión. Nos parece que hay que guardar las apariencias, porque tal como somos no nos aceptarán, no porque hagamos algo malo, sino porque «no es lo habitual».

Y si hablamos de una sociedad más libre, es importante hablar de la posibilidad de ser uno mismo. Quiero encontrar palabras para explicar cuánto depende el estado de la sociedad de cómo trata a las personas LGBTQ+.

Por un lado, la actitud hacia los grupos vulnerables es un indicador, por otro, una forma de entender cómo somos como personas y cómo vivimos en sociedad. Lo que vive ahora todo el país tras 2022, las personas LGBTQ+ ya lo vivían desde hace al menos diez años: desde 2013 vivíamos bajo la ley de «propaganda», pero a pocos, salvo a nosotros, les importaba.

Existe la idea de que el poder ruso primero prueba sus escenarios represivos en grupos vulnerables y luego los extiende a todos los ciudadanos. De hecho, el poder ruso ha hecho que todos sean «queer» jurídicamente, ha puesto a todos en el mismo estatus que durante años tenían las personas LGBTQ+. Filtras tus palabras, quizá finjas o escondas tu verdadero yo para evitar represalias. Pero sabes que igual no estás protegido.

Por eso es importante notar cuando a tu lado empiezan a atacar y, más aún, reprimir a grupos vulnerables, aunque tú no pertenezcas a ellos. De lo contrario, estas prácticas se normalizan rápido y empiezan a aplicarse a todos.

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